Arqueología

El lugar de la excavación estaba señalizado, accedimos subiendo las callejuelas estrechas del pueblo entre terrazas y vistas al valle. Tras cruzar la hilera de árboles deshojados por el otoño entramos al solar, un cuadrilátero casi perfecto de unos veinte metros cuadrados. La tierra visiblemente escarbada era como carne roja encendida.

El terreno lindaba con los patios vecinos. En uno de los límites apareció, según nos dijeron los arqueólogos, unas figurillas antropomórficas. Una de ellas permanecía todavía en el suelo a la espera de ser recogida y analizada. La cogí, no era más grande que la palma de mi mano, tenía forma de caña. Sobre su superficie destacaban en color negro un par de ojos redondos, una nariz esquemática y elementos decorativos en la parte del cuerpo. Los hallazgos se sucedieron y aparecieron más tubos cerámicos con rasgos humanos y también una vasija decorada, que según las indicaciones de los expertos era mucho más actual.

Otro de los extremos del terreno hacía esquina con el jardín de Mercè. Ella permanecía allí de pie, firme, haciendo acto de presencia como guardiana de los tesoros ocultos. Me mostró sin dejar que tocara, una figura muy parecida a las anteriores pero de mayor tamaño. La pieza estaba en su parcela sobre la tierra removida, en el mismo lugar en que había sido descubierta. Más tarde examinamos juntas una vasija con incrustaciones negras y un interior semejante a la concavidad de las calabazas.

Entre los árboles al lado de la zona excavada, encontramos una edificación encalada. Era una pequeña ermita con una nave central alargada. La parte de la bóveda cercana al altar estaba parcialmente abierta y cubierta por un vidrio transparente, de modo que se podía ver el interior. Junto a la puerta de la construcción una leyenda sobre una placa decía lo siguiente:

“El cielo se abre en el interior de este lugar. Para llegar a través de esta abertura a Dios uno tiene que invocarlo desde el púlpito con movimientos y trances de danza. Entonces el cielo se abrirá y alcanzará la luz.”

Entré al recinto sagrado tratando de entender aquella inscripción. Accedí a la ermita desde la nave mayor de una iglesia anexa. Me senté en la segunda fila e interiorizando el mensaje incorporé mi cuerpo arqueando la espalda hacia atrás. Me retorcí a un lado y al otro. Volví a sentarme, me levanté, agité mis brazos y sacudí la cadera. Dancé convulsivamente sobre la madera del púlpito. Esperé atenta a ver a través del cristal de la bóveda el azul del cielo iluminado. Pero nada.

Unos instantes después llegó mi hermana N. y me siguió con sus movimientos desde el púlpito lateral. Yo ocupaba una silla de madera y mimbre. Bailamos las dos en silencio clamando al cielo que nos diera una señal. Reímos. Una luz inundó la estancia blanca. Sobre nuestras cabezas se abrió el cielo azul radiante. En el exterior de la ermita unos gatos negros merodeaban el lugar, en su lomo tenían grabados los mismos motivos decorativos que las estatuillas arqueológicas.