Tr3s lunas

La luna ascendió desenfocada bajo un velo nebuloso, su luz amarilla iluminó el firmamento a primera hora del crepúsculo, cuando todavía el resplandor del día se refleja en la bóveda celeste. Observábamos absortos el cielo nocturno, giré la cabeza y encontré una segunda luna de resplandor muy ténue y en forma de media luna. Poco después vislumbré una tercera a poca distancia del horizonte. A las tres lunas se añadieron unos extraños cuerpos esféricos luminiscentes  anaranjados e intermitentes en su recorrido tras las nubes.

Un firmamento tan especial como el de aquella noche nos situaba en un lugar incierto. La siguiente escena nos despegó por los aires como observadores del planeta tierra. Un fragmento azul de la esfera terrestre se alzó imponente bajo nuestros pies y nos dejó literalmente colgados en el espacio. Yo me sentía anclada sobre el suelo, pero no acertaba a sentir que era lo que me sostenía.

Fue entonces cuando en la lejanía aparecieron flotando sobre el globo terráqueo unas luces brillantes de colores que dibujaron los contornos de dos cuerpos, uno de ellos podía identificarlo como un oso o animal corpulento personificado. Nos comunicaron que fuéramos hacía ellos, que descubriríamos el mundo desde otra perspectiva más interesante. La invitación era amable pero no acabé de decidirme. MIentras trataba de situar mi cuerpo en el nuevo espacio gravitatorio y de sentir los pies sobre un suelo firme vi como el resto del grupo –unos cinco compañeros del laboratorio– formaron un círculo y cogidos de las manos se unieron con la intención de partir y dar respuesta a la invitación de las luces. Pensé entonces en sumarme a ellos.