Ceremonia caníbal

La mujer ataviada con pañuelos rojos y el rostro cubierto se comió a bocados una manzana roja. Junto a la piscina la fila de hombres situados a su izquierda siguió atento cada uno de sus movimientos. Antes de sumergir medio cuerpo se descubrió la cara y la untó de chocolate desecho desde la base de los pómulos. Apoyada en la pared de la piscina, la mujer aguardó un tiempo, cerró los ojos y transcurridos unos segundos el primer hombre de la fila entró en el agua y comenzó a devorar su cara. Aquél gesto salvaje no provocó ningún tipo de reacción en la mujer. Nadie de los allí presentes pestañeó. Una vez concluido el rostro la acción prosiguió por su pecho. Ella continuaba con vida y al parecer agradecida de ser ofrenda y objeto de aquella ceremonia caníbal.

No fue la única que se ofreció. En la habitación contigua al salón de la casa pude presenciar escenas similares con personas cuyos rostros me resultaban familiares. Tras la ceremonia principal el barullo de gente y actividad ritual cesó. Sobre la mesa del salón un jarrón con flores daba testimonio y aroma a través de sus pétalos coloridos a la pesada atmósfera ritual. Salí a la calle a tomar el aire de la noche.