Sobre mi desaparición

Todavía somnolienta removía mi ropa en el armario. La imagen borrosa que se dibujaba frente a mi la formaba el paisaje habitual de camisas y jerséis apilados ordenadamente en los estantes. Cuando trataba de escoger la camiseta se me desenfocó la vista. Una fina capa traslúcida se interpuso entre mi retina, mi campo de visión y el fondo del armario. Quise cerciorarme del alcance real de mi horizonte visual y cerré el mueble buscando el reflejo de mi cuerpo en el espejo de una de las puertas laterales.

Mi visión se enfocó y volví a la nitidez. Fue entonces cuando percibí con claridad a través del espejo el vacío, el espacio deshabitado existente entre el mueble y la pared del pasillo. Mi figura estaba ausente, había desaparecido por completo del encuadre que delimita el área brillante. Busqué en vano con la mirada fija en un punto, en un intento de penetrar la superficie lisa del espejo y recuperar mi corporeidad. Recorrí con los ojos el perímetro de aristas de la puerta reflectante en toda su verticalidad y anchura, rastreando una falla en su dimensión. Entré y salí del campo de visión del espejo como queriendo resetear la aparente evanescencia del reflejo y de mi imagen en él. Cerré y abrí la luz del vestidor a intervalos quedándome momentáneamente a oscuras suspendida en un umbral de incertidumbres. Palpé con la punta de los dedos la lámina fría explorando al tacto una respuesta. Me froté los ojos… Nada. En el espejo no se plasma mi rostro, ni mis manos, ni mi cuerpo. Mi masa corporal se ha volatilizado.

Te escribo esta nota aún bajo el efecto de mi recién descubrimiento. Te la dejo en la mesa del recibidor antes de dirigirme a la cocina a desayunar contigo, estoy dispuesta a comprobar el alcance de mi desmaterialización. No tengo miedo.

 

E.

 

El espejo. Ilustración procedente del libro La Très Sainte Trinosophie atribuida al Conde de Saint-Germain, siglo XVIII.