cachorro de Alicia, El

Lo encontré desvalido en el balcón después de haber permanecido a la intemperie los peores días del invierno. No había pasado ni una semana y el pobre perro apenas reaccionó cuando le coloqué a bolsa de carne cruda en el hocico. Traté de calentarlo, lo tapé y le aproximé un tazón de agua templada.
Su pelo era largo y estaba brillante como adherido a la piel. Nuestro abandono había resignado a la criatura a permanecer enroscada sobre sí misma, en un intento de conservar al máximo el calor corporal. Ahora se recuperaría poco a poco de la crudeza de las largas noches de invierno. Deseaba con todas mis fuerzas verlo corretear por el piso, era solo cuestión de días, me decía a mi misma mientras frotaba el cuerpecito debilitado por tantos días de privación. De aquello se iba a salir, todavía respondía a mis atenciones volviendo poco a poco a la vida. No daba crédito a nuestro olvido.