Zapatos del chino

Junto a la acera estaban las cajas con las ofertas. Las pilas de ropa se agrupaban por precios. A veces encontrabas alguna oportunidad, aunque aquél día no había mucho que revolver. El propietario de la tienda, un joven chino, me señaló los últimos artículos recién llegados. A primera vista parecían zapatos, traté de examinarlos con calma para ver si podía adaptar alguna de aquella cosa a mis pies y darme algún tipo de servicio.

El primer zapato que cogí era una especie de bamba de un violeta plateado al puro estilo Barbie. Lo que más me gustó fue la ausencia de cualquier marca o distintivo. El zapato en sí consistía en un acolchado uniforme, tipo bata de boatiné que se extendía por toda la cubierta del zapato, daba la sensación que se rompería al menor rasguño.

El segundo zapato tenía la peculiaridad de ser una bota de invierno pero solo cubrir una parte ínfima del pie. Una tira roja y azul de poli piel unía el dedo gordo con el empeine, el resto era cerrado y ceñido a la anatomía del pie. Llevar aquello suponía mostrar y deformar los calcetines. La suela era aparte muy delgada, por lo que prácticamente caminaba uno a ras de suelo.

El tercer ejemplar era el más inverosímil de todos porque obligaba a caminar adoptando una forma un tanto peculiar. En vez de tener tacón o una pieza más elevada en la zona del talón, los chinos proponían todo lo contrario, elevar la mitad delantera del pie. Era como caminar sobre un plano inclinado ascendente. Con un tacto y un acabado al estilo de las Crocs, este modelo era el más antianatómico de todos y digno de experimentarlo aunque fuera por un momento. No me atreví a tanto.

Al final no me acabé de decidir por ninguno de los tres modelos. Lástima hubiera sido feliz con unos zapatos nuevos.