Gestación exógena

Todavía no había nacido y ya podíamos verla balbucear. Nu nos esperaba en la puerta de la casa acunando a la niña contra el pecho. Sus cabellos eran negros y rizados, su carita morena. La cita para el parto era inminente, en pocos días nacería y debíamos estar allí para asistirla. Para entonces el bebé crecería todavía un poco más.

Nu nos explicó que aunque la niña estuviera fuera de su cuerpo biológicamente no había nacido, seguian ligadas literalmente una a otra por el cordón umbilical. Éste mantenía el vínculo y la condición todavía embrionaria del bebé. Según Nu el mecanismo era sencillo y consistía en volver a introducir el cuerpecito del bebé de nuevo por la vagina. En un acto de succión vaginal la niña volvía a entrar al útero materno siguiendo el camino del cordón. De aquél modo podía asomarse al mundo y decidir ambas cuando romper con el estado fetal e incorporarse a la vida. La operativa en sí misma no comportaba ningún peligro para ninguna de las dos. No había ni rastro de sangre, ni pérdida de fluido alguno, solo el lazo maternal del cordón que visible las unía en un único destino.

Nos despedimos en el umbral de su puerta junto al parking de bicicletas. Me sentí afortunada por haber tenido el privilegio de conocerla antes de nacer y por ser testigo de la capacidad uterina sobrehumana de Nu. Su facultad me produjo admiración y envidia. Me asaltaron numerosas preguntas acerca de la técnica, de su aprendizaje, de si habrían más mujeres como ella que hubieran mutado sus cuerpos hasta convertirse en mamíferas marsupiales. Un mecanismo inédito de adaptación al entorno, una mutación, un paso más que validaba mi tesis sobre la biológica superioridad de las mujeres.