Laberinto I

Sentada en mi mesa trabajo frente al ordenador. Veo a través del reflejo de la pantalla las personas desalojadas de la Makabra descender por las escaleras. En el desfile de caras reconozco algunas, entre ellas aparece la de I.O. con una barba de cuatro días y aspecto cansado después de la ocupación de Can Ricart. I.O. se dirige a M. que está al otro lado de la estancia y le increpa sin dilaciones que ya no puede más, que se va, que lo deja, que se acabó con ella. Da media vuelta y sube enfadado las escaleras para bajar al minuto y exigirle que M. le devuelva algunas cosas. Se intercambian un anillo, una cajita, unos papeles. I. recupera sus posesiones y desaparece subiendo veloz los peldaños.

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En filas de tres y cuatro, con camisetas blancas y desnudos de cintura para abajo reptamos por el suelo siguiendo una línea amarilla tenuemente dibujada. Pegada a mi cuerpo la camiseta me llega por debajo de las nalgas y tapa justo mis genitales. El rastro de la línea se pierde a ras de suelo y es imposible ver hacia donde nos dirigimos. Alguien me alumbra el mapa con la luz del móvil para que lo memorice antes de que se acabe la batería. Avanzamos en la penumbra.

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En la intimidad del cuarto de baño trato de cortar el pelo que crece entre mis piernas. Sigo con los dedos hacia abajo en dirección al ano. Allí palpo y estiro un mechón de pelo que corto a ras de piel. También encuentro un pelo solitario exageradamente largo que creció inadvertido hasta la rodilla.