Carne fresca

Paseaba por el barrio de la Sagrada Familia y entré a comprar el desayuno a un colmado recién inaugurado. Esperé paciente en la barra. La mujer a la que despachaban encargó un frankfurt remojado en una fritura de cebolla y mejillones, tenía muy buena pinta, lo servían con pan de sándwich. Cuando llegó mi turno le pedí uno al tendero. Para mi asombro en vez de sacar las salchichas de frankfurt, el hombre me mostró unos cuerpos, unos pedazos de carne que cuando me fijé en detalle resultaron ser en su redondez perfectas nalgas masculinas.

–¿Cuál quieres?– me dijo el tendero. Señalé uno de los culos al azar y el cuerpo se incorporó. Era un hombre rapado y depilado al completo. Tenía aspecto de gitano, parecido al hijo de Lola Flores pero con la nariz torcida.
–De esta parte te saldrán los pies, los muslos…– me detalló el hombre y preguntó– ¿pero tu comes mucho?
–Solo quería un bocadillo– le dije contrariada.
–Bueno pues te lo preparo y te lo llevas– me respondió.

No pude aguantarme por más tiempo y descargué arcadas de asco en una de las esquinas de la tienda. Volví de nuevo a la barra y suplicando le insistí:

–Yo en realidad no tengo mucha hambre, solo quería un bocadillo pequeño y no hace falta que me prepares toda esta carne. Si acaso ya vendré mañana. Me lo guardas para mañana– dije con ganas de largarme cuanto antes de aquél sitio. Entonces el hombre rapado y depilado al cero me miró a los ojos antes de volver a estirarse entre los otros cuerpos desnudos y exhibir al aire la redondez de sus nalgas morenas.

Al día siguiente cuando bajé a la calle el tendero me vio llegar y comenzó con los preparativos. Trajinó con un cuerpo que tenía allí recostado. Con un quemador de crema catalana empezó a tostar una carne blancuzca. Cuando llegó mi turno pude comprobar que la carne había quedado cruda, era asquerosa. Entonces me llevó fuera de la tienda para mostrarme la mercancía a la luz del día.

–¿Por qué tu no te lo vas a comer todo, no?– me preguntó.
–¿Qué parte prefieres?– dijo dándome a escoger y añadió –Mira si escoges los pies tienen muchos huesecillos pero están muy muy ricos. También las nalgas salen muy buenas, melosas.

Mientras el tendero recorría el cuerpo degustando verbalmente su sabor y textura, yo miraba temblorosa al hombre que resultó ser el gitano del día anterior y le susurré gesticulando con mis labios las sílabas– ve-te, ve-te, ve-te– Él hizo el gesto de incorporarse, pero el tendero lo retuvo exclamando– ¡Eh, eh! ¿Dónde vas? ¡No te largues ahora, estoy a punto de venderte!

Y continuó como si nada, con su disertación de comerciante acerca de la exquisitez de la carne humana. Miré al gitano y volví a gesticular de nuevo los monosílabos– ve-te, ve-te, ve-te–  y cuando por tercera vez apretaba mis labios con fuerza describiendo de forma sorda la sílaba ve, el hombre se alzó y en un par de zancadas enormes desapareció entre la gente y perdimos su culo moreno de vista avenida Gaudí abajo.

–¡Óstia y ahora que voy a hacer!–  se excusó nervioso el tendero.
–Tampoco tenía mucha hambre… déjelo hombre, ya me compro otra cosa, un croissant– le contesté aliviada.

Y volví ligera caminando a la calle Padilla, cerca del piso familiar donde había vivido durante veinte años. A la altura de la calle Rosselló recibí un sms de N. anunciándome con un mensaje de video adjunto, una película de un director marroquí que acababan de estrenar. Le hice una llamada de voz y quedamos para ver la peli en su casa.