Vacas sagradas

Giré la cabeza y mi vista tropezó con la figura de Rosa. Ella me miró y sonrió como de costumbre. Ella me llevó hasta allí, no debo olvidar la calle que baja hasta el mar. Rosa con su larga melena negra caminaba en mi misma dirección. Nos reconocimos al instante y juntas tomamos una calle peatonal quebrada que bajaba hacia algún lugar. Parecía que habíamos entrado en un pueblo con casas bajas, niños en la calle y flores en los balcones. Anduvimos en silencio hasta llegar a un espacio más amplio que  formaba una plaza semicerrada. A mano izquierda y tras unas arcadas continuaba la calle. Bajo el portalón de la arcada había un grupo de vacas rollizas de color beige que con sus rotundas curvas taponaban el paso. Retrocedí y esperé con prudencia a que despejaran el camino. Para entonces Rosa había desaparecido.

Tras cruzar la arcada y pasar junto a dos vacas, que chupaban y limpiaban con ternura los genitales de sus respectivos terneritos, me quedé maravillada con el paisaje que se abría ante mis ojos. Entré a una playa de arena con bañistas tendidos al sol radiante de un día de noviembre. El ambiente era relajado como de día de fiesta. Las vacas color beige se paseaban imperturbables cerca de la orilla. Otras permanecían mandrosas sobre la arena confundiéndose con ella.

El mar azul se extendía como un manto brillante. Las casas de los pescadores se apiñaban ordenadamente dibujando con gracia pictórica la curva de la pequeña bahía. Las mujeres recostadas en la orilla del mar, exhibían sus cuerpos resistiéndose por un día más a la llegada del invierno. Una estampa difícil de creer para una ciudad gris. Una isla de calma entre pescadores, vacas y mujeres en biquini. La última playa de Barcelona.