Coronación real

Anduve por amplios pasillos que asomaban a un jardín al puro estilo francés. Como en el palacio de Versalles los espejos estaban colocados y hechos de tal manera que daba la sensación de estar paseando entre jardineras, su reflejo quedaba integrado en la arquitectura interior de las salas. Los elementos vegetales se multiplicaban por mil dentro de las estancias palaciegas, una flotaba entre el verde y el aire vaporoso. Con la sensación de poder traspasar los gruesos muros que me separaban del exterior, me desplazaba ligera por los interiores entre reflejos de fuentes, esculturas y arbustos. De vez en cuando se intercalaba alguna imagen fuera de contexto. Un Simca 1.200 cruzó primero los rayos luminosos de la ventana, después la imagen de una hilera de coches aparcados quedó dibujada en los espejos centrales. Llegué hasta el final del corredor principal, salí a uno de los balcones y comprobé que habían vehículos aparcados. A mi izquierda y tras un frondoso bosque perteneciente al recinto de palacio cruzaba ruidosa la M30.

Seguí mi instinto y me detuve en cada uno de los detalles que encontré. Aprecié las cortinas de increíbles tejidos bordados, me fijé en los muebles de marquetería antigua, los espejos grabados con auténticas filigranas. El espacio construido se abría luminoso con el juego de reflejos y el rebote de una la luz cálida que inundaba la estancia y me transportaba a un palacio del siglo XV. Todo estaba en perfecto estado de conservación. En alguna ocasión llegué a cruzarme a lo lejos con mi hermana N. que también visitaba aquel día el palacio.

El extremo del corredor me condujo a una gran sala. Allí encontré un hombrecillo de baja estatura con cara de buena persona, cabello largo y barba, su incipiente calvicie estaba a punto de recibir el máximo honor real. Ante mis ojos presencié la coronación de Alfonso XIII. Para mi asombro la corona no era de metal si no de luz, un cuenco luminoso. Entonces el rey se dispuso a hablar ante una larga mesa de comensales. Yo no quiero mi poder para mi, quiero compartirlo con todos vosotros –dijo. Y tras pronunciar estas palabras tomó el cuenco de luz y lo colocó en el centro de la mesa. Aquél contenedor emitía una gama de tonos que iban del rosado al amarillo. El cuenco quedó frente a uno de los comensales que en aquel momento comenzó a comer, era un hombre diferente al resto, rudo y de malos modales, resultaba muy desagradable ver como masticaba. Contemplamos toda la escena de la coronación desde uno de los lados de la estancia más noble del palacio. Nuestra presencia pasó inadvertida y decidimos seguir la exploración del edificio.

Llegamos a otra dependencia donde encontramos a Marcelo. Allí aparecieron mis cosas y mis proyectos sobre una de las mesas y mis libros y apuntes en un mueble de madera con puertas correderas. Aunque todo estaba cubierto de polvo era un espacio perfecto para trabajar. Si pudiéramos venir a Madrid, si nos dejaran una sala… necesito un espacio. Con estos pensamientos continué recorriendo las diferentes estancias, yo me sentía como en casa. Más tarde en uno de los salones contiguos a las habitaciones reales me tropecé con R.B. al que le enseñé todo un grueso de papeles que había recogido de la mesa llena de polvo. Entre aquellos papeles habían esbozos míos de mapas conceptuales y hojas impresas. Mientras yo pasaba las láminas él se acomodaba en uno de los divanes labrados estilo Luis XV.
Las estancias era tan fantásticas que me llegué a plantear el solicitar un espacio y quedar bajo la tutela del rey. Todos incluso él eran personas afables, todos conocían y valoraban nuestro trabajo.

 

El confesor. Ricardo de Baños, 1920. Película pornográfica encargo del Conde de Romamones para uso y disfrute del rey Alfonso XIII.
El confesor. Ricardo de Baños, 1920. Película pornográfica encargo del Conde de Romamones para uso y disfrute del rey Alfonso XIII.