Cambiar los muebles de sitio

Permanecía absorta tras los ventanales, contemplaba el bullicio de la calle mientras los rayos del sol calentaban mi cuerpo. J. C. llegó con aire atareado y libros bajo el brazo. Cuando le confesé que yo también lo hacía empezó nervioso a pisar la moqueta. Sus Adidas blancas desgastadas con rayas azul celeste pisotearon mi espacio cuadrilátero sagrado, donde práctico cada vez menos –hay que reconocerlo– estiramientos y asanas yóguicas. Se lo dije en varias ocasiones que sacara sus pies de ahí, pero nada.
No entendí su impulso desmedido a cambiar los muebles y las cosas de sitio. En un intento por mantener el sofá de dos plazas en su lugar salté encima y lo ocupé con toda la extensión de mi cuerpo. Antes de que se fuera le sugerí con educación que volviera a poner todo como estaba. Con el cambio de muebles apareció en el rincón junto al sofá, un conjunto de cuatro sillas con mesita redonda, como los que aparecen en el catálogo de IKEA en la sección de jardinería. Mi confesión por la escritura lo había excitado visiblemente.

 

Ikea_Arabia