Arte del subsuelo

Atravesamos Pere IV hasta cruzar una calle ancha en la parte baja de Poblenou. Dejamos atrás varios edificios industriales y nos metemos bajo la cubierta de hormigón de un extenso parquing semi-subterráneo sostenido por un bosque de columnas. A medida que nos adentramos la oscuridad aumenta, caminamos sin distinguir la sombra de la penumbra hasta encontrar uno de los frontales perimetrales bañados por la luz diurna. Frente a los ventanales se extiende el paisaje de las nuevas huertas urbanas crecidas al sol de la estafa financiera; como si el índice bursátil hubiera hecho germinar las tomateras, cañas, sacos de tierra y barracas de material reciclado que se pierden en la lejanía y dibujan el horizonte del delta del Besós.

A nuestra derecha y ocupando dos plazas de parquing está instalado un taller de carpintería. Unas cinco plazas más adelante, entre la 525 y 527, unas puertas de madera sobre caballetes forman una larga mesa y abarcan la panorámica de los campos comunales de compost que alimentan las huertas. Maderas, utensilios de trabajo en aparente desorden ocupan las plazas delimitadas por las marcas amarillas del pavimento. Al fondo unas cortinas extendidas cierran discretamente una área de seguridad contra las miradas ajenas, salvaguardan -imagino– la intimidad de un habitáculo familiar.

La propiedad del aparcamiento “La Central” es de un colega y tiene la intención -según nos comentó- de alquilar plazas de garaje a artistas a un precio simbólico de unos 20 euros al mes. La idea de un espacio temporal para la creación puede ser una alternativa a la falta de talleres. La iniciativa no es en absoluto original, es una práctica consolidada. Así, en uno de los tramos laterales junto a la rampa de acceso, ya hace algún tiempo que se han habilitado zonas de trabajo. Algunos vecinos dieron un nuevo uso al parquing, levantaron tabiques y se apropiaron de las plazas para su disfrute personal. La mayoría hombres que necesitaban un lugar para practicar el bricolage los domingos, también algún jubilado a tiempo completo.

El caso es que aquella mañana llegué al Parquing Central por el ofrecimiento de uno de aquellos espacios tomados por la iniciativa vecinal. Un paleta había conseguido hacerse con tres plazas repartidas en diferentes barrios de Barcelona y que utilizaba como almacén. Ahora con su jubilación permanecían cerradas y en desuso y estaba dispuesto a cederlas a algún “creador emergente” a cambio -eso no quedaba claro- de un módico alquiler.

J. se entusiasmó con los parquings de artistas, pero se contuvo con la propiedad de aparcamientos de su familia en Sabadell. El paleta que debía mostrarme el espacio no apareció, en su lugar un hombre de unos setenta años me hizo pasar a una especie de recibidor construido que resultó ser la antesala que distribuía el acceso a varias habitaciones. Allí había dispuesta una gran mesa rectangular cubierta con un hule de plástico blanco estampado con flores. A ambos lados dos bancos de madera daban al lugar el aspecto de un acogedor comedor y centro de reuniones improvisado. Más tarde apareció el paleta acompañado por su mujer, venían a pasar la tarde de domingo. El hombre me ofreció la posibilidad de cederme el espacio-taller a cambio de obra. Su intención -me dijo orgulloso- era convertirse en coleccionista de arte, arte creado en el subsuelo; una nueva tendencia que inauguraba la producción artística en las entrañas de la misma ciudad, en la época del fin del petróleo y de la obsolescencia del automóvil.