Ovillo gigante

Pusieron música y empezamos a bailar. A cada giro al compás del ritmo yo hacía crecer una bola de tejido que sostenía entre mis manos. La bola se iba haciendo más y más grande, hasta transformarse en un ovillo de lana gigante, casi necesitaba los dos brazos para sostenerlo. Lo lanzábamos al aire y lo recogíamos antes de que tocara el suelo, era ligero como una pluma. Entonces alguien me invitó a bailar. Era un chico alto y delgado, sus ojos y sus facciones eran prominentes; me entregué al baile cogida a sus manos. Como en un sueño él desapareció para reencontrarlo nuevamente sentado junto a la barra de un bar. Antes de alcanzarlo dejé mi sujetador en la mesita contigua a la entrada y me reuní con el grupo de gente que conversaba animadamente a su alrededor.