Calle Parlament 3-5

Al llegar al portal me di cuenta que no llevaba bragas. Tan solo me cubría una camiseta hasta la mitad del culo. Di media vuelta y subí al piso. Me vestí con esmero. A la vuelta la portería se había ensanchado y encontré bicicletas atadas a la baranda y alguna rueda que por su aspecto llevaba bastante tiempo encadenada a los travesaños de hierro. Alguien había movido mi bici del sitio donde normalmente la dejo. Busqué otro lugar para aparcarla y encontré detrás del hueco de la escalera una cama de matrimonio con cabecera y pie de barrotes, cubierta por unas sábanas blancas llenas de polvo. Alguien debía dormir allí por las noches. Daba la impresión que aquella cama llevaba allí meses.

Yo seguía a la búsqueda de un lugar para la bici, cuando descubrí que los bajos de mi edificio lo ocupaba un anticuario. Un hombre entraba y salía del local mostrando la mercancía. Era una tienda muy elegante que le daba a la finca un aire señorial. Habían lámparas de vidrio y cristales de colores y objetos preciosos. Al salir a la calle me fijé en el portón rematado por una arcada de piedra con la inscripción a un lado del número tres y al otro lado del número cinco. El edificio estaba situado en una calle adoquinada de Poblesec. Salí con la bici y sospesé la idea de atarla a la valla que rodea el solar contiguo a la finca resultado del último derribo. Habían muchas bicicletas aparcadas allí. Al final lo descarté. No me pareció una buena alternativa, me robarían las ruedas la primera noche. No tuve más opción que entrar de nuevo la bici al portal, la dejé en un lugar bien pegado a la pared que me pareció no molestaba a nadie.

Caminé cuesta arriba y di un par de vueltas por el barrio hasta que un niño moreno de unos siete años se puso a caminar junto a mi.

–Tengo hambre, dame dinero –me dijo el niño–. Yo le propuse ir a buscar algo de comida. Pedí a un transeúnte por un supermercado y me indicó uno situado en las callejuelas de la parte alta de Poblesec. Para mi sorpresa la orografía del barrio había cambiado, habían subidas y bajadas, recovecos, plazas que nunca antes había visitado. Llegamos al supermercado y resultó que solo vendían productos de limpieza y detergentes. Justo al lado encontramos un establecimiento de duchas públicas que funcionaba con fichas de jabón.

Sin pensarlo compré unas fichas y las puse en las manos del niño que me miró con los ojos muy abiertos.

–Lávate en estas duchas de agua caliente mientras yo voy a buscar alguna cosa para comer –le dije con ternura–. En su manita las fichas se iban deshaciendo –¡Corre, corre antes de que desaparezcan!–.

El niño entró obediente a las duchas, yo seguí mi camino a la búsqueda de comida. Di muchas vueltas y no encontré nada. El barrio era otro, una mezcla entre el Raval, Lavapiés y Poble Sec. Había mucha gente por la calle. Al llegar a una plaza encontré un grupo de chicos reunido sobre una tapia. Uno de ellos se acercó, hizo como si me abrazara y cuando me di cuenta me había robado el dinero. En la cazadora llevaba las llaves de casa y en el bolsillo de arriba cerrado con botón dos o tres billetes de cinco euros doblados. Me había robado parte del dinero. Tenía que comprar la comida y ahora no sabía si tendría suficiente. Volví a por el niño y lo encontré subido a una caja lavándose los dientes en el lavabo. Tenía otro aspecto, estaba mucho más relajado y sonreía. Lo tomé de la mano y continuamos nuestro camino.

–¿Cómo este niño no tiene padres? ¿Dónde estarán? –pensaba mientras deambulábamos por el barrio. En un descuido y de la misma forma que había aparecido el niño se fue de mi lado. Más tarde lo vi correteando con otros niños de su edad.

Regresé a casa. El piso lo compartía con C. Era verano y hacía calor y a C. no se le había ocurrido otra cosa para airear la casa que sacar todas las puertas de los marcos. En su lugar había colocado cortinas de tiras de plástico. Justo al lado de las ventanas en el lugar más ventilado había un sofá en forma de ele. Me senté allí a descansar. Descansé un rato y noté que mi lengua llevaba atravesada una anilla. La mordí. J. estaba sentado al otro lado del sofá. Seguí mordiendo el aro con afán. Nos aproximamos hasta que con su lengua me tocó el piercing. Nos dimos un beso.

Al caer la tarde llegó M. Juntas salimos a la calle y comenzábamos a andar hacia su casa, hacía Esplugues. Subimos por la calle Sicília que se había transformado en la Rambla Sicília. Fue entonces cuando miré hacia arriba y vi recortada sobre el cielo la imagen en blanco y negro de la cara de un hombre. De sus ojos caían lágrimas, gotas desde una gran altura sobre nuestras cabezas.

–¿M. estás viendo esa cara en el cielo?– le pregunté– Y ella no veía nada. Pero como puede ser, yo lo estoy viendo… La cara era una luna que nos seguía y permanecía al mismo tiempo fija, un ángel que de vez en cuando derramaba su llanto sobre la ciudad.