Casas-jaula

El espacio era largo como los compartimentos de los vagones de un tren. No aguanté más y empecé a arrastrarme entre las filas de asientos. Al final llegué a la cabina del conductor, a su lado había una mujer. A través de la ventana frontal divisé un camino lleno de flores blancas. Era realmente precioso, a ambos lados crecían campos de trigo verde. Circulábamos lentamente a través del paisaje. Entonces les pregunté si podían parar, que tenía ganas de ir al lavabo. Pero el conductor no quiso y tomó el desvío por un camino de tierra que nos condujo hasta un edificio industrial abandonado. El lugar tenía una aire muy tétrico como el escenario de una película de miedo. Estaba todo destrozado. Algo inquietante nos estaba esperando. Les pedí por favor que nos fuéramos, que allí no iba a orinar, que me daba miedo. Les supliqué que saliéramos de aquél lugar, que volviéramos al camino de las flores.

El recinto era un espacio semicerrado de naves enormes y atravesándolo a mano derecha se abría una pista vallada de tierra y fango que se perdía entre los árboles. Tomamos aquella pista y empezamos a percibir que alguien nos observaban entre las sombras. Un nuevo paisaje apareció: casas pequeñas, barracas con gente dentro, se iban sucediendo una tras otra, más que habitantes parecían siervos, esclavos. La mayor parte de las viviendas no eran espacios construidos sino terrenos de no más de quince metros cuadrados, delimitados por una enorme verja cerrada y en cuyo interior permanecían cautivos seres humanos. Otros espacios estaban vacíos pero mantenían el aspecto de celda de castigo. No sabíamos exactamente donde nos encontrábamos, aquél lugar no aparecía en los mapas. Todo muy extraño y hermoso a la vez con aquellos árboles gigantes, el paisaje tropical frondoso y la tierra muy roja.

A medida que avanzábamos sentíamos cada vez con más intensidad su mirada clavada en nuestros cuerpos, como si fuéramos la encarnación del mal, como si nuestra presencia forastera fuera a perturbar la paz de sus vidas. Ellos estaban allí encerrados formando parte de una comunidad de desechos humanos, una familia de presos de por vida. Las vallas tenían candados, los candados tenían cuerdas, las cuerdas tenían hierros. Algunas casas-jaula estaban más abiertas y se veían algunos cerramientos con verjas más franqueables que otros, pero todo transmitía la misma sensación de repudiados de la tierra, del mundo. Pero lo peor no era ver esas caras miserables o las celdas llenas de basura; lo peor era aguantar las miradas que nos atravesaban como un rayo láser en la penumbra. El coche no podía ir más deprisa, no podíamos acelerar la marcha. El camino no se acababa nunca. Una tras otra se sucedían las barracas decrépitas con sus ocupantes moribundos y harapientos que nos examinaban como si viniéramos de otro planeta. Comprendimos que nos habíamos metido en un lugar bastante peligroso. No se veía el final de la pista.