día en la fábrica, Un

Las puertas abren a las 7.40, a las 8 y a las 8.30. Si no estás no entras. Llegué puntual para entrar a las ocho. Esperé en la calle junto a los trabajadores a que los guardias de seguridad alzaran la barrera. Tras abrir una pesada puerta de rejas accedimos a la zona.

Aquél día me presenté a una oferta de trabajo que habían hecho pública para quien quisiera probar suerte. Éramos muchos los candidatos. La factoría era enorme, los obreros trajinaba arriba y abajo con monos azules y el logo corporativo estampado en la espalda. Mientras esperaba mi turno llegó J. Él trabajaba allí, había dejado la escuela.

La prueba que teníamos que pasar los nuevos era la de colocar unos volúmenes perfectamente encajados sobre una estructura de tres por tres agujeros. Nueve agujeros en total a cubrir, ocupando los vacíos y doblando la estructura. La tarea la teníamos que hacer con material que nos facilitaba la empresa y con otro material más que debíamos procurar nosotros, buscándolo por la fábrica, reciclándolo de los containers o de donde fuera. Por lo visto y según nos dijo uno de los capataces de mono blanco, el cerramiento de la estructura provocaba una reacción que activaba alguna cosa. Con aquel misterio y siguiendo las indicaciones del encargado montamos una primera pieza y cuando llegamos a la segunda los materiales se agotaron. Entonces localicé trozos de pórex que podía cortar en círculos. Pero resultaba muy complicado montar el volumen con la misma dimensión exacta. También se admitían variaciones como por ejemplo en hierro. Empecé a hacer piezas y probar materiales pero no eran de tres por tres, sino de tres por dos y resultó que no era válidas ni homologables por la normativa.

En la fábrica encontré a B. Conversamos un rato fuera del recinto y luego me enseñó su puesto de trabajo en una de las salas contiguas a la unidad de control de calidad. Un espacio sobrecogedor con el suelo cubierto de grasa donde B. muñía una enorme vaca blanca entre paredes sucias. En aquél lugar se respiraba un aire pesado de fábrica de principios de siglo, repleto de máquinas estridentes y mugre. Estaba allí desde hacía un tiempo porque tenía que mantener a sus hijos, me confesó angustiada.

Al final no conseguí montar ninguna estructura aceptable para certificación. J. me comentó que por cada seis unidades aprobadas pagaban dos euros. Yo solo había montado una, la del inicio. Él logró construir muchas piezas con diferentes trozos de material reciclado. Yo solo disponía como herramienta de un cuter prestado que debía compartir a cada momento. Entre los trabajadores había mucha competitividad para ser el más productivo. J. era sin duda el mejor de todos, aquella mañana ensambló unas catorce piezas y me ofreció generosamente alguna para poder cobrar algo. Agradecida por su gesto le contesté que no era necesario y que lo mejor sería buscarme otro empleo.