Matala Bay

Tras dos veranos regresé de nuevo a Mátala. El antiguo puerto permanecía tranquilo. Recordé mi anterior visita recorriendo las calles en busca de un supermercado donde comprar alguna cosa fresca para comer en la playa. El camping frente al arenal seguía conservando la calma del lugar pese a convertirse en un destino turístico mítico. La perspectiva de pasar unos días en la isla me reconfortó. Admiré de nuevo las cuevas que escalaban en altura la roca junto al mar, convertidas ahora en recinto arqueológico, y que habían albergado en los años 60 a una numerosa comunidad hippie. Deseé tumbarme cuanto antes sobre la arena cálida, agotar cada minuto de radiación solar hasta presenciar una vez más el ocaso del día desde la bahía, puerto de la antigua ciudad minóica de Festos. Un momento de eternidad en el que la esfera del rey astro atravesaba literalmente la roca y se zambullía en el azul marino.

 

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