Overbooking

F. volvía a Barcelona y se instalaba en casa. Venía acompañado de una mujer y de al menos dos niños. Justo aquél día le habían traido una cama nueva a M. que instaló junto a la mía. Después las dos chicas extranjeras que vivían en el cuarto improvisado en uno de los extremos del pasillo añadieron sus respectivos colchones. La habitación quedó completamente llena de camas encajadas. Una de las extranjeras de origen rumanés colocó en el único rincón libre que quedaba su mesita de tocador. Aquello me pareció excesivo y le dije que aquella era mi habitación, que el piso era mío, el alquiler estaba a mi nombre y que mejor se fuera. Por respuesta se burló de mí y salió airosa de la habitación. Después supe que se había dedicado a lucrarse con mi piso y había realquilado espacios, como el cuartucho de literas que descubrí había montado entre cortinas en mitad del pasillo.

La aparición de F. con su supuesta nueva familia fue del todo inesperada para mi. Mientras los niños jugaban en el suelo sobre el parquet flotante y ella fregaba los platos en la cocina, F. me comentó su intención de instalarse por una temporada en la ciudad. Más concretamente en mi casa. A mi pregunta sobre el hecho de no haberme consultado nada, él respondió que tenía previsto hacerlo al día siguiente con más calma. Dada la situación no fui capaz de enfadarme, tan solo le sugerí su apoyo para sacar a las extranjeras de mi casa. Se ofreció a ayudarme.

La mujer se familiarizó rápido con la cocina, localizó las sartenes y las ollas y se puso a cocinar, los niños se revolcaban entre risas y saltaban de cama en cama por el contínuo de colchones que tapizaba la superfície completa de mi habitación. F. parecía feliz con su nueva responsabilidad de padre y yo no pude más que aceptar por el momento a él y a los suyos.