Peces enjaulados

Justo al doblar la esquina estaba el comercio que andaba buscando. Bajé por la avenida Borbón y encontré la tienda especializada en pesca, allí me indicaron donde podía comprar lo que buscaba. Entré y me despachó la misma dependienta que normalmente me atiende en la farmacia C.; muy amable me explicó con detalle como tenía que procurar un buen crecimiento de las crías, me preparó la jaula y depositó en su interior una docena de pequeñas larvas. Para mi asombro colocó en uno de los extremos del palo central, unas hojas de lechuga, aquello las alimentaria bien según dijo y las haría crecer fuertes y sanas.

Cuando salí del establecimiento las larvas estaban literalmente devorando la lechuga, no habían trascurrido ni cinco minutos. En pocos segundos acabaron con el verde de las hojas, les costó un poco más comerse la parte blanca carnosa. Media hora más tarde, al llegar a casa ya no quedaba ni rastro de materia vegetal. Ante mi mirada atónita las pequeñas larvas empezaron entonces a adquirir forma de pez, al cabo de una hora nadaban traquilamente ejercitando las recién estrenadas aletas y sacudiendo las escamas plateadas. La transformación fue espectacular. El efecto de la lechuga las había sacado en un tiempo récord del estado larvario para convertirlas en pequeños peces del tamaño de una moneda de euro. Si seguían creciendo de aquel modo y a ese ritmo debería tomar algunas medidas. La pecera se me iba a quedar pequeña en pocos días. ¿Qué iba a hacer con tantos peces? Tenía al menos que conservar algunos ejemplares y el resto me los podría comer quizás, aunque no me resultaban muy apetitosos… Igual podía montar un criadero y venderlos como anzuelo de pesca. De momento necesitaba encontrar un espacio en mi habitación donde colocar la jaula.