Devenir

Por increíble que parezca lo que voy a contar ocurrió. Podría bien ser una escena de ciencia-ficción si no fuera porqué tengo dos testimonios, mi hermana N. y mi sobrino. Por las venas de mi antebrazo derecho se empezó a dibujar bajo la piel, el perfil grueso de los nervios de lo que acabó siendo la hoja de un limón. Ante nuestro asombro un segundo más tarde y por el pliegue del codo, en el interior del brazo, tomó forma una hoja acorazonada que me recordó a las curvaturas del hisbiscus de flores doradas que tengo en mi balcón. No dábamos crédito a lo que veíamos cuando por el muslo izquierdo asomaron timidamente las ramificaciones nerviosas de un morado verdoso, de una enorme hoja de cinco puntas formada por mis brazos, mis piernas y mi cabeza. Pasé a ser una hoja gigante. La mutación más extraña fue la última, me crecieron púas en la piel. Comenzaron por ser puntos negros dispersos por mi cuerpo que se endurecieron hasta lograr traspasar la epidermis. No fue doloroso en absoluto. Los pinchos alcanzaron la altura de media uña con una ligera curvatura a modo de gancho, como los de la higuera chumbera que tengo en el terrado.

Aquella mañana de verano aprendí hasta que punto mi cuerpo llegaba a ser versátil con las posibilidades de la evolución botánica. La sabiduría del mundo vegetal se había instalado en mí y ahora ya formaba parte de mi sustancia. Todo apuntaba a una transformación profunda y en un universo verde.

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