Muerte encendida

Las dos ancianas yacían moribundas en la cama separadas por habitaciones contiguas. Mientras esperábamos nerviosos fuera en el pasillo el desenlace de los acontecimientos, alguien nos avisó que una de las mujeres había empeorado y que su cuarto comenzó arder; la temperatura de su cuerpo había subido de tal manera que había prendido las paredes.

Entramos a la habitación todavía humeante y con las paredes ennegrecidas. El suelo cubierto de un gris ceniza resbalaba, una fina capa de grasa quemaba como aceite. El cuarto estaba caliente, la mujer permanecía en la cama, aparentemente bien a no ser por el movimiento acelerado de su mandíbula, que subía y bajaba sin cesar. Justo antes de la última inhalación, cuando iba a tomar aire el médico allí presente le habló al oído. –Ya no vas a respirar más, fue tu último aliento– dijo con serenidad para hacerla consciente de su propia muerte.

Entonces tomamos con dulzura su rostro y le apresamos la mandíbula con suavidad, con sus dientes tan desgastados, tan viejecita. Y en un acto de eternidad clavamos su fiel imagen en la pared, para así recordarla en su último segundo de vida. Aunque triste fue una bonita despedida. Ella misma propagó con su energía el incendio sin llamas, su muerte encendida.

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"Léontine Suetans, condamnée à mort, commutation [de peine], incendiaire de la Cour des Comptes"
«Léontine Suetans, condamnée à mort, commutation [de peine], incendiaire de la Cour des Comptes»