sirena, La Las máquinas completaron la colosal obra humana llevando hasta allí toneladas de arena. El anuncio de la nueva cala artificial, abierta con un corte tajante sobre la costa rocosa del sur de Menorca, mostraba sin complejos el último atentado ecológico. Aquel día me acompañada una isleña a la playa, íbamos dispuestas a comprobar el alcance de la barbarie civilizatoria. Llegamos al lugar y la menorquina se puso a pescar, a la media hora me mostró orgullosa la pesca que recién capturada colgaba de su anzuelo. Me acerqué y reconocí a la presa como una cría de mamífero acuático. Su piel cobriza era suave y brillante como la textura de pelo de foca. La criatura marina me miró a través de unos enormes ojos y con su mirada me suplicó liberarla. –Debemos devolverla al mar ¿no ves qué solo es un cachorro?– dije apresurada nada más ver el anzuelo clavado en la parte superior de su lomo. Con suavidad tomé a la cría entre mis manos y el hilo de nylon sujeto al anzuelo se transformó en una larga cadena de plata. Ante nuestro asombro aquél ser se incorporó en toda su verticalidad sobre el borde de una roca, su pelo cobrizo se convirtió en una hermosa cabellera rubia que ondeaba hasta su cintura, su rostro era el de una hermosa mujer blanca. Nos quedamos mudas ante tanta belleza. De un salto se precipitó al agua, dio un coletazo y la cadena se sumergió tras ella. Hubiera querido arrancarle el anzuelo y curar su herida antes de perderla de vista en la profundidad del mar. La mujer de la playa artificial esperó en vano ver emerger una señal a la superfície del agua. Navegación de entradas Castingcaída, La