Bajo los párpados

M. regresó del fin de semana. La oí entrar y me levanté del sofá todavía somnolienta, intenté hacer esfuerzos para abrir los ojos mientras cruzaba con ella un saludo en el pasillo. Mis párpados se resistían a la luz del día y no encontré las fuerzas necesarias para abrirlos, solo una pequeña ranura me permitía distinguir las luces de las sombras. Contrariada por aquella indisposición me estiré en la cama tratando de concentrarme. La amiga de M. que la acompañaba aquella tarde entró en la habitación, me preguntó acerca de un programa del ordenador que me mostró desde la pantalla de su portátil. Quise seguirle la conversación pero apenas podía ver lo que me enseñaba, era imposible mis ojos seguían herméticos y sellados.

En un último intento desesperado contorneé de nuevos los párpados tratando de desenganchar el uno del otro. El esfuerzo fue descomunal, hasta que al fin conseguí ver los motivos fractales en blanco y negro del papel que decora la pared de mi habitación. Emití un sonido de desesperación e impotencia, fue entonces cuando conseguí despegarlos y despertarme a la luz del nuevo día que entraba por el balcón.