Pecera seca La pista de tierra recorría la costa de Tarragona. Caminamos a la altura de una playa solitaria todavía sin urbanizar. Yo clamaba por las magníficas vistas y a N.J. le parecía que la arena de la playa tenía demasiadas piedras. La playa de arena fina está más al norte, cerca de Torre la Mora, puntualicé. El sendero nos llevó a un pequeño pueblo sin acceso al mar rodeado de un verde muy frondoso. Las calles estaban desiertas, parecía un lugar recién abandonado a decir por los objetos que fuimos encontrando por el camino, algunos de los cuales nos tomamos la libertad de coger. El primero que recogimos fue una planta exótica que tomó N.J. en su cesta. Más adelante me encontré una palmera incrustada en una maceta en forma de cántaro, con una abertura tan reducida que apenas había espacio ni tierra suficiente para que la raíz pudiera absorber el agua. Recuerdo que la rodeé entre mis brazos cuando empezó a llover, yo procuraba que las gotas de agua alcanzaran a mojar la tierra seca. En la siguiente parada llegamos a un amplio patio de vecinos. Allí junto a unos bancos de piedra había un recipiente de cristal con agua, en su interior parecía que algo se movía. Del fondo turbio y mimetizado con la arena aleteó vigorosa una cola de escamas. Y desde ese gracioso movimiento se dibujó la silueta de una pequeña anguila que sorprendida en su letargo dio varias vueltas al perímetro del contenedor. El espacio era tan reducido para su tamaño que a cada vuelta la cabeza aventajaba más la cola. Giró y giró en una carrera veloz dibujando el contorno circular del recipiente. En el otro extremo del patio descubrimos una segunda pecera con tres dedos de fango. Al cogerla el movimiento despertó hasta tres anguilas marrones, que justo empezaron a mover sus colas. Rellenamos entonces la pecera con agua de la fuente, tratando de ensanchar el espacio cúbico acuático. De inmediato y tras unas chispeantes burbujas aparecieron dos peces de un intenso azul brillante. Aquella pecera se animó con el reflejo de su color eléctrico. ¡Cabía tanta vida en tres dedos de barro! Navegación de entradas Tu y tus cosasGestación exógena