Noche de verano Entre M. y N. subieron la cama al terrado. Cansada me cubrí con las sábanas, cerré los ojos y me entregué al rumor de la ciudad. N. me sorprendió acurrucándose a mi lado, me dio un beso y permaneció unos instantes para luego perderse de mi vista saltando de azotea en azotea en medio de la oscuridad. Al rato apareció un hombre uniformado con chaleco reflectante, era según me dijo policía y estaba de servicio aquella calurosa noche de verano. Me advirtió del peligro que corría durmiendo sola en el terrado, aquello era impropio de una mujer. Sus comentarios me afectaron y me incorporé. Me puse los calcetines y caminé entre restos vegetales secos de macetas rotas sorteando de puntillas las idas y venidas de las cucharachas que se cruzaban en mi camino. Una vez abajo contemplé la escena de barandas, azoteas y muros. Mi cama quedó instalada inexplicablemente en un terrado ajeno. Debería pedir ayuda para bajarla de nuevo a mi habitación. Descubrí entonces que una puerta trasera comunicaba directamente el lugar con una amplia avenida y que solo sería necesario sacarla y cargarla en el coche, a menos que N. decidiera regresar y pasar la noche junto a mi. Navegación de entradas Creta hundidaPrueba video