Patio interior

Crucé el paso sobreelevado. A mis pies se extendía la avenida Meridiana engullida por un tráfico incesante, su nueva fisionomía a la altura de Fabra i Puig había mutado y el lugar era apenas reconocible. Aparqué mi bici junto a los árboles de una de las torres. Comprobé la numeración de los bloques. La dirección que me dieron correspondía al piso treceavo. Tomé el ascensor, la puerta estaba entreabierta, la madre salió a mi encuentro y me hizo pasar a una salita. Allí aguardé hasta que apareció R. Entramos juntas a la estancia contigua cuyos ventanales se abrían de par en par a la luz de un patio rebosante de plantas. Desde aquella altura se alcanzaban a ver las palmeras de la plaza. El ajetreo de los coches desapareció y tan solo se percibía la claridad de la tarde. Fuimos transitando de habitación en habitación, todas ellas comunicadas visualmente por patios a modo de distribuidores. Resultaba muy reconfortante estar en todo momento rodeado de masa vegetal. Allí, en uno de los patios, recostado en un banco de piedra descansaba el padre de M. y R. Tenía buen aspecto teniendo en cuenta que había fallecido hacía unos catorce años.

La nueva casa familiar de mis amigas era un lugar luminoso, apacible y tranquilo, nada que ver con lo que ocurría en el exterior. Recordé nuestro último encuentro fortuito en las Ramblas en mayo de 2009.