Mi nuevo amante vive junto a la estación. Desde su dormitorio vemos pasar los trenes con destino a la costa. La cama ocupa la mitad de uno de los patios exteriores situado entre las medianeras del edificio contiguo. Nos revolcamos un rato entre las sábanas y reconozco al instante el juego de cama de Ikea con la sábana bajera gris oscuro y el cubrecamas de rayas. Son como mis propias sábanas. Cuando alzo la vista descubro dos bajorrelieves de piedra entre los pilares de la medianera. Similares a escudos medievales están dedicados a un animal mitológico en honor a un héroe, que imagino mi amante. Su tez es rubia con algunas canas, está medio dormido recostado de lado y ofreciéndome su espalda, yo le acaricio el sexo. Cambiamos de posición y nos sentamos en la parte baja de la cama a conversar. MIentras se lía un cigarrillo descubro debajo del colchón manuscritos suyos en alemán. Aunque no es su lengua materna, a los seis años había emigrado con su familia a Alemania, es el idioma de su niñez y adolescencia, a veces lo utiliza -me comenta-.
Desde la cama observamos como llegan a la estación un par de turistas asiáticos completamente desnudos con la cámara fotográfica colgada del cuello. Es –según me dijo– habitual verlos subir a los trenes que llevan a la playa. Pasearse en cueros por el andén se había convertido en la nueva performance turística. Acto seguido mi amante se incorpora y corre desnudo a exhibirse junto a los chinos antes de volver de un salto a mi lado.