Fiesta De regreso a la plaza toda la gente del Raval ya se había ido. La juerga duró hasta bien entrada la noche, mientras un avión de la policía sobrevolaba impertinente nuestras cabezas. Decidí volver a casa. La casa resultó ser como la de mi abuela en la calle Bailén pero situada en un pueblo. La fachada a la calle tenía portones de madera. Entré y reconocí el vestíbulo, la larga moqueta roja que atravesaba el pasillo hasta llegar al ascensor, la decoración antigua, los relieves de jarrones en las columnas; todo líneas rectas y muy clásico. Cuando me disponía a subir las escaleras salió a mi paso la mujer encargada de mantener en orden el edificio. ¿Quién eres tu? –me preguntó–. –Soy la nieta de Rosa P. –le respondí con seguridad–. Tras algunas comprobaciones nos dejó pasar. Nos descalzamos y subimos las escaleras en silencio. Avanzábamos con dificultad con los pies hundidos en los peldaños. Para nuestro asombro los escalones se habían transformado en mullidos colchones. Pisábamos blando sobre cojines, almohadas y sábanas blancas. Encontramos gente durmiendo en todos los replanos. El segundo piso estaba repleto de durmientes, reconocí a uno de ellos como Mateo C. *** Caminaba hacia el metro de Zona Universitaria cuando apareció un amigo. Marc y Jofre hacían Bellas Artes, yo también estaba estudiando allí. El amigo propuso ir a tomar algo a su barrio. Llegamos en metro a Poblenou, cerca del litoral. No muy lejos estaba el cementerio, fuera de sus muros se ubicaba una parte del antiguo puerto de Poblenou, un lugar precioso y desconocido para mi. Anduvimos entre las callejuelas de casas pequeñas frente a la playa, una acequia las unía para abastecerlas de agua. En uno de los patios traseros encontramos el sepulcro de un niño. Recuerdo que hacía mucho frío, yo llevaba el jersey naranja e iba envuelta en una manta de color amarillo pálido que me saqué al entrar a uno de los bares de la rambla de Poblenou. Allí entramos en calor, celebramos nuestro encuentro y nos divertimos, más tarde se propuso seguir la fiesta en otro sitio. *** Seguimos ascendiendo hasta el cuarto piso por los peldaños abarrotados de almohadones y bultos voluminosos. Al final encontramos un lugar donde poder dormir, eran más de las dos de la madrugada. La habitación estaba compartimentada con literas, dejamos nuestras cosas al pie de la cama y nos estiramos. En la litera de al lado estaba mi hermana M. con N. y su hija J. Nos dormimos al instante. Navegación de entradas Laberinto I