Aterrizaje en Tokyo

Sobrevolábamos una gran metrópolis, justo encima de un scalextric de coches como los que aparecen en las películas futuristas. Yo ocupaba asiento en un avión casi tan grande como los de los vuelos comerciales. Pilotaba mi padre. Desde la ventanilla vi como nos aproximábamos cada vez más a tierra, descendíamos en picado sobre Tokyo. Pasado el susto la nave se estabilizó y mi estómago recobró su posición normal. Todo iba más o menos bien hasta que me percaté que algo extraño ocurría. Para mi sorpresa volábamos hacia atrás, como si circuláramos con la marcha atrás de un coche.

–¡El piloto vuela hacia atrás mirando por el retrovisor!… nos vamos a estrellar –pensé atemorizada mientras volábamos a toda velocidad entre edificios, puentes elevados y carriles de autopista. Ya no era mi padre quien pilotaba, no sabía realmente quién había tomado el mando de la aeronave pero no mostraba tener muy buenas intenciones. Me mareé.
Minutos más tarde se repetía otra escena de pánico y planeamos temerosos a poca altitud sobre un nuevo scalextric viario.

No pude más y grité –¡Un momento! ¡Paren el avión que bajo!– Y bajé. Abrí la puerta y bajé. Descendí de una zancada directa al asfalto firme de la carretera. Suspiré. Tomé aire. Respiré hondo.

Cuando me repuse del shock alcé la vista al cielo y vi atónita el avión derrapando literalmente en el aire. Y de pronto –cla-ca– se empotró allí mismo debajo de un acueducto de autopistas. Corrí hacia el lugar del impacto y abrí la compuerta de la aeronave. Descubrí que había un coche en su interior, un coche como el de J., tipo furgoneta. Todos los pasajeros habían ido a parar allí dentro y estaban apiñados como en una lata de sardinas. Empujé la puerta corredera de los asientos traseros. Fue un milagro estaban ilesos. Habían comprimido tanto sus cuerpos que consiguieron amortiguar con sus propias carnes la colisión. Uno a uno salieron todos sudados y enrojecidos por el calor humano del apretón. Entre ellos estaban mi tía M., la que trabaja en la panadería y su hija. También reconocí en aquel momento más caras que se me desdibujan ahora en la memoria.

–¿Pero cómo vais así?– pregunté mientras por la puerta delantera todavía salía más gente.

Alguien me dijo entonces que era una chica la que tripulaba el avión y que después de todo lo ocurrido tenía prisa por volver a volar. Me dirigí decidida al puesto de mando para impedirlo. Estaban empeñados en despegar aquél cacharro de nuevo. Discutimos tres personas en la cabina: la mujer piloto, el copiloto y yo.

–¿Pero habéis visto como ha quedado el ala?– dije señalando la parte del avión dañada.

–¡Os habéis dado con el ala! Mirad al menos en que estado se encuentra. ¡Vosotros estáis bien pero el avión ha recibido un batacazo importante! –añadí preocupada.

–Pues no lo hemos verificado… tienes toda la razón– me contestó uno de ellos.

No habían hecho las verificaciones reglamentarias, no habían hecho nada. Entonces giré la cabeza y comprobé con sorpresa que sí, que el ala estaba intacta. Aquello era materialmente imposible, sobrenatural, no encontré explicación. Tras las comprobaciones rutinarias la piloto propuso despegar en mitad de una calle flanqueada de edificios altos, era obvio la falta de espacio necesario para que el avión tomara pista y pudiera ascender. Les comenté entonces, la posibilidad de circular en el mismo sentido de la marcha de los coches hasta poder llegar a un lugar abierto y allí emprender el vuelo.

El copiloto tomó el mando, estaba nervioso –¡Quiero despegar ya!–decía histérico.

Rodamos con nuestra aeronave entre el tráfico denso de Tokyo por una travesía con una ligera pendiente, dos enormes rascacielos custiodaban nuestro paso.

–Pero no puedes ¿no lo ves?– le di a entender cada vez mas impaciente– no tienes espacio aéreo ni pista. Tendrías que ser una libélula para poder elevarte como un helicóptero. Pero este trasto no puede hacerlo –le recalqué–.

Mientras discutíamos avanzábamos lentamente por la calle Sentagai atestada de coches, era la hora punta.

Yoshiwara Girls, fotografía posiblemente de Kusakabe Kimbe (1841-1934)
Yoshiwara Girls, fotografía posiblemente de Kusakabe Kimbe (1841-1934)