Serpientes Se desenroscaron amenazantes sobre las sábanas. Aquella noche mi hermana N. se quedó en casa, traía consigo sus tres serpientes y no quiso desprenderse de ellas ni para dormir. Yo me negué a compartir alcoba con aquellos bichos fríos, ondulantes y resbaladizos, así que salí de la habitación y la dejé a solas con sus mascotas. En la cocina me encontré con D. Calavera que estaba tomándose un vaso de agua caliente. De inmediato le rogué un abrazo fraternal. Necesitaba sentirme envuelta de calor humano después de la visión de los reptiles. Con mucho afecto nos fundimos entrelazando nuestros cuerpos cálidos bajo la bombilla desnuda. El impulso fue tan fuerte y sincero que quisimos prolongarlo. Nos metimos en su cama. Eran las cinco de la mañana y todavía estaba oscuro. La luz del pasillo estaba encendida, mis párpados se desplomaban de sueño. D. Calavera no quiso apagar la luz y se mantuvo despierto hablándome con dulzura y acariciándome con suavidad el pelo. Fue tan cariñoso conmigo que apenas podía imaginar lo que había sido su vida, un rayo temerario hasta el último segundo, cuando fue a estallar su moto contra el muro en uno de los túneles de la ronda recién inaugurados; su novia salió ilesa, él se rompió la cabeza. Y ahora los dos allí, recostados en la cama revuelta sobre la colcha blanca, mientras me susurraba al oído que el amor nos había vuelto a unir. Al alba sin mediar palabra se incorporó, dio un salto en la cama, salió al replano de la escalera de vecinos y se tiró de cabeza a la piscina comunitaria, para regresar al poco tiempo con el bañador mojado y tumbarse de nuevo junto a mí. Su cuerpo estaba frío como un reptil y olía a cloro. Entonces me confirmó mis temores, en aquella habitación no estábamos solos, en algún rincón nos acompañaba su culebra que esperaba enroscada el amanecer. Navegación de entradas Cambiar los muebles de sitioHéroes