última ciudad, La

La luz flota resplandeciente en la última ciudad. Próximos al círculo polar la atmósfera es etérea y los cuerpos se mueven rodeados de un áurea cristalina como si la materia fuera a transmutarse en cualquier momento en un estallido de energía. La raza de mujeres y hombres que habitan esta parte del mundo es de un signo superior. No se muy bien en que sentido pero se podría afirmar que han alcanzado un lugar más elevado en el espíritu humano; su físico es además imponente y permanecen jóvenes hasta una edad tardía.

Con estos pensamientos deambulo mezclándome entre la gente por las calles de la última ciudad. Atravieso un semáforo entre el resplandor boreal, la silueta de un hombre de raza negra y dos hombres de rasgos nórdicos, todos ellos vestidos con camisas de cuadros y tejanos. Sigo caminando hasta escuchar una voz familiar que con amabilidad me invita a observar la ventana al universo que como un balcón al cosmos se sitúa en esta latitud extrema. Es la misma Itziar G. que va a mi encuentro e insiste en que no deje pasar la oportunidad. Animada por sus palabras accedo.

En la siguiente escena permanecemos I.G. y yo, las dos de pie sobre una malla invisible de gravedad que nos sostiene aferradas al suelo. Si doy un paso adelante atravesaré el umbral gravitatorio y quedaré suspendida en el oscuro firmamento. Desde este punto la galaxia es un espectáculo de luces, brillos y auroras en un inmenso vacío de negritud hueca. Estoy a un paso de saltar desde el trampolín orbital de la última ciudad y vivir por primera vez la sensación de levitación galáctica. Bajo mis pies se extiende profundo un mar de polvo de estrellas que tintinea resplandeciente como oro molido.