Incursión en la jungla

En ese punto el camino se adentraba en las profundidades de la selva de la Casamance. Allí debíamos decidir quien permanecía y quien se aventuraba a continuar. Recordé los mil peligros que me esperaban. En una ocasión había recorrido uno de los humedales, un tramo difícil, fangoso y sembrado de serpientes. Mis zapatos no eran apropiados para pisar aquella tierra virgen, calzaba unas chanclas de goma, las mismas que utilizo para andar por casa. Retuve la imagen de dos serpientes rodeando el perímetro de la goma negra. La instantánea archivada en mi memoria de la última incursión en la floresta tropical, junto a mi falta de energía hicieron tambalear mis ganas de aventura.

Empezó a llover fino. Aquella lluvia anunciaba el inicio de la estación húmeda y el transcurso de ciclones torrenciales en los próximos días. Samba que era el guía de aquella improvisada expedición, bien sabía que entrar en la selva suponía estar a nuestra suerte y a la intemperie por un tiempo indeterminado. El camino de regreso no lo podíamos hacer en solitario, era demasiado arriesgado. Debíamos movernos juntos y eso quería decir muchos días de marcha hasta volver a casa.

Mi decisión fue no ir. El estado de agotamiento que llevaba supondría un lastre para la marcha, además en aquellas circunstancias mi energía y mi cuerpo estaban bajo mínimos. Se organizó un pequeño grupo que se despidió en aquél mismo lugar, en el umbral de acceso a la selva. Partían literalmente con lo puesto encima. Nos separamos bajo la suave cortina de lluvia tamizada por las hojas de los exuberantes árboles tropicales. En un momento los perdimos de vista mimetizados entre el verde de la jungla.

Regresamos con la capitana de la tribu y tomamos el sendero que accedía cuesta arriba al camino polvoriento. Allí encontramos la procesión de hombres y mujeres Ajamaat que ataviados con sus mejores galas de trajes emplumados y sosteniendo carrozas de mano, desfilaban ceremoniosamente. El ritual estaba dedicado según nos dijeron, a dar protección a las personas que acababan de adentrarse en la selva.

Tras presenciar el desfile descendí de nuevo al sendero, al lugar exacto en que nos habíamos separamos de la expedición. Allí mismo encontré como un fetiche entre la maleza un antiguo monitor de televisión en blanco y negro, que retransmitía en tiempo real la marcha del grupo. Me asusté terriblemente cuando la televisión emitió la siguiente escena. Bajo la lluvia incesante y sobre la tierra enfangada N. J. suplicaba al grupo que ya no tenía fuerzas para continuar y que la única opción era que la dejaran y prosiguieran el camino. El estado de N. era crítico y dejarla en aquellas condiciones y en aquél lugar era abandonarla a merced de los peligros de la selva. Corrí con todas mis fuerzas a avisar a la capitana y a organizar el rescate.