No hay espacio para el dolor

Decidí retroceder. Di aviso al resto del grupo pero no me quisieron escuchar. Unos segundos más tarde y después de insistir del peligro al que nos exponíamos alguien soltó un grito ahogado de dolor.

La zona expropiada de Poblenou se había convertido en una isla de escombros. Restos de obra y materiales de construcción flotaban a la deriva por las aguas pantanosas de un horizonte gris apocalíptico. Nos disponíamos a cruzar hacia aquél pedazo de tierra destruida cuando percibí que algo se movía con sigilo dentro del agua. Su cuerpo alargado apenas se distinguía de los travesaños de madera de las bastidas, su color oscuro podía confundirse con el tronco de un árbol. Sin embargo el perfil de su silueta y la sinuosidad de su movimiento hizo que no dudara.

Por fortuna desde mi posición adelantada me ahorré la escena. Al instante apareció J. con un desgarro profundo marcado por una hilera de dientes bien afilados. De su pantalón, arrancado de cuajo por debajo de su rodilla, todavía colgaban hilos de sangre y carne entre los jirones de la tela tejana. La imagen era muy plástica y hasta cierto punto cómica, pues J. seguía caminando ajeno al vacío existente entre el suelo y una de las extremidades de su cuerpo.

En ningún momento mostró dolor ni desesperación. Tan solo repetía una y otra vez que hubiera sido más prudente seguir mi advertencia. Ahora tendría dos pies -decía resignado-.

No pude entender su falta de sensibilidad corporal. Su desapego del mundo era tan grande que ni tan siquiera la mordedura salvaje de un cocodrilo podía quebrantar su compostura. Decidimos abandonar aquél paisaje devastado y regresar a la ciudad.