robo, El E. arrastraba la maleta de ruedas de camino a mi casa. Saltaba a la vista las horas de vuelo y el cansancio de los kilómetros recorridos. Atravesó la pasarela elevada del ascensor Reina Victoria en el Cerro Alegre de Valparaíso, cuando llegó un hombre de mediana edad. Éste con un movimiento rápido se abalanzó sobre la oreja de mi amiga y le arrancó un pendiente. E. llevaba puestos los mismos pendientes que llevo yo ahora, los redondos de piedra irisada llamada labradorita y que –según el gemólogo de la tienda de minerales– protege a las mujeres, acrecienta la creatividad, conecta con la energía universal y transmuta a una hacia un estado superior de conciencia. El ladrón exigió dinero si mi amiga quería volver a ver la joya. Un robo miserable por la indefensión de ella y la inutilidad de quedarse con una sola de las piezas del par. Me explicó E. que pudo recuperarlo de inmediato y de la forma mas inverosímil. De su bolso extrajo un sobre blanco y le aseguró que en su interior había dinero. El caso es que el hombre le devolvió al instante la pieza, cogió el sobre y salió despavorido. Navegación de entradas No hay espacio para el dolorArte del subsuelo