Raval ya no es, El

En la confluencia de la calle de la Cera con la calle Hospital el ayuntamiento había dinamitado el barrio. Justificando obras de mejora de los suministros el barrio chino había sufrido una nueva incursión. El descampado abierto era enorme y cuando uno recién llegaba solo podía pensar en el ataque de una bomba para semejante barrido.

El impacto de la obra estaba mal disimulado con el tipo de arquitectura y espacio que nos tiene acostumbrado por desgracia el urbanismo barcelonés. Enormes planchas de hierro oxidado cubrían unos cubos cuadriláteros, que por su apariencia mamotrética podían esconder cualquier cosa, bombas de agua, servicios eléctricos, conducciones de tubos ventiladores. Habían dos cubos situados cada uno en un extremo del solar. En medio y presidiendo el vacío el suelo de gravilla rodeado de puro asfalto gris.

Alguien nos convocó en aquél lugar desalmado para asistir a la presentación de una pieza de teatro. Las sillas estaban dispuestas en la parte norte del área. Mi hermana N. participaba en el reparto. Momentos antes de dar paso a la representación teatral, el político de turno se dirigió a los asistentes y proclamó las virtudes de la obra urbanística realizada y la modernidad que suponía abrir espacios en un lugar tan denso y marginal como el Raval. El público escuchábamos con resignación la monserga política con nuestros culos apoyados sobre las inestables sillas de plástico del IKEA.

Uno a uno los actores fueron tomando la palabra y explicaron el trabajo de interpretación. Finalmente llegó mi turno. Me levanté de la silla, tomé el micrófono y comencé a caminar hasta llegar a una pequeña callejuela en la parte sur del solar. Antes de empezar a hablar una voz masculina delató mi presencia en el evento como de alguien que conoce de sobras el barrio. Empecé por describir el tráfico de gente, coches y remolques con barca que pasaban ante mis ojos. En mi mano derecha sostenía el micrófono inalámbrico semejante a un cartón de papel higiénico.

Acompañada de una chica japonesa caminé calle abajo. A nuestro alrededor todos los comercios hacían de algún modo referencia al mar. Anduvimos entre tiendas de náutica, de artilugios para pescadores y especializadas en navegación. Entramos en un taller que nos pareció estaba también relacionado con el tema marítimo. Al abrir las puertas metálicas del local descubrimos a un hombre de unos cincuenta años rodeado de maquinaria color verde que manipulaba unos moldes de yeso o de un material similar. El hombre trabajaba arrodillado para manejar mejor los aparatos. Nosotras como en un acto reflejo nos arrodillamos también. Hundimos nuestras finas rodillas en un suelo cubierto por un palmo del supuesto yeso gris. Y comenzamos a caminar hacia él sobre nuestras rótulas, abriéndonos paso entre todos aquellos artilugios mecánicos. A la chica japonesa la materia gris pringosa le ensució los muslos. El hombre se percató al momento y cuando la chica llegó cerca de su puesto de trabajo, éste se avalanzó a limpiarle con sus manos los restos del material viscoso enganchado. Ella lo abrazó agradecida por su gesto. Seguidamente y dando cuenta de lo visto comenté por el micrófono a los asistentes del evento, el lugar exacto donde nos encontrábamos y que en efecto el Raval había cambiado mucho.