família, La Me desperté a media noche y le encontré en mitad del pasillo, por lo visto ya hacía tiempo que se había instalado. Al piso llegó una tercera persona que ocupó la habitación central. De hecho eran dos personas, uno en cada cuarto, enfrentados puerta con puerta. Lo sorprendí suplicando que le dejara pasar. Desde el interior de la habitación una voz femenina, su ex-pareja supuse, le daba largas y le decía que le dejara en paz que quería dormir. Entré al baño todavía somnolienta imaginando como sería vivir con dos personas más, el alquiler se reduciría considerablemente. Fue entonces cuando me di cuenta por primera vez que el espacio había crecido. El centro del cuarto de baño estaba presidido por una gran cama con sábanas blancas con por lo menos tres ocupantes, a decir por el número de pies que pude observar en la penumbra. Orinar en aquellas circunstancias sin despertar a ninguno de ellos me pareció imposible. Contrariada regresé a mi habitación y pensé en comprarme un orinal que guardaría celosamente bajo mi cama. Por la mañana desperté rodeada de una simpática a la vez que ajena familia de latinos. Todos de facciones indias. Creí que aquél era mi feliz destino mientras dos niños me miraban y sonreían desde los pies de mi cama. Yo les reí las gracias. Alguien llegó después con una bolsa de plástico llena de juguetes recién comprados. Arrebatados por la emoción los niños sacaron varias piezas voluminosas de entre los envoltorios y se pusieron a jugar en un rincón. Más tarde recordé que mi propia família había venido a visitarme el día anterior. Aquella noche me desvelé en mitad de la oscuridad compartiendo cama con mis padres, mis hermanas, la perrita Vicky y J. Vichy estaba nerviosa y no paraba de pisotearnos y moverse sobre nuestros cuerpos. La cama era grande, sucia y dura; dormíamos frente al cajero de la Caixa en la calle Hospital, al raso y muy pegados, teniendo como almohada el bordillo de la acera. Navegación de entradas cruz, LaTransmutaciones sexuales