Transmutaciones sexuales

Cada vez que levantaba la vista del cuaderno los sorprendía con un nuevo acercamiento. El intercambio de carícias se sucedió mientras se acomodaban sobre las enormes sillas junto a la mesa central de madera maciza. J. y yo permanecíamos inmóviles en el rincón de la sala interior del restaurante.

Despegué mis ojos del papel y la postura había cambiado. Él ocupaba de espaldas a nosotros la silla que presidía la mesa, una estructura robusta de patas voluminosas y redondeados contornos. Cuando alcé la vista de nuevo, ella se había sentado sobre sus rodillas. Él subía y bajaba sus manos por el escote del pantalón tejano, en un recorrido que se prolongaba espalda abajo. La chica se incorporó con un salto y giró su cuerpo ofrenciéndole su trasero.

Volví a mis notas. Más tarde un hombre mayor se acercó al umbral de la puerta y quedó clavado allí mismo observando la siguiente escena. Los pantalones tejanos de ella se fueron deslizando lentamente con la rotación de las caderas hasta llegar por debajo de las rodillas. Entre el balanceo de los cuerpos se entreveía un pene de enormes dimensiones que similar al grueso de la pata de la silla se clavaba profundo en la vagina. Ella se aceleró y en el momento cercano a la excitación máxima el movimiento arrancó de cuajo el cilindro carnoso del amante. Desnuda con los pies en la tierra empezó a rebotar su cuerpo contra el pene rosado y ligeramente arqueado que se alzaba hasta casi rozar el suelo y atravesaba verticalmente la entrepierna de la chica. Inmersa en un escenario de natural exhuberancia empezó a gritar estar próxima al clímax, en su vientre se hizo visible la prominencia del falo. Y en este estado salvaje desapareció de mi vista.

El hombre del umbral de la puerta atravesó estupefacto la escena dibujando a su paso un nuevo paisaje. La tierra atravesada por un riachuelo. Los amantes se esfumaron en el horizonte de aquella visión como partículas en suspensión.

Al salir por el pasillo angosto del restaurante me crucé con una mujer recatada de ojos profundos. Un pañuelo oscuro le cubría la cabeza, una camisa negra estampada con detalles blancos le abrochaba el cuerpo hasta el cuello. Pensé en ellas, en las mujeres salvajes que habitan estos lugares y en sus transmutaciones sexuales a la vista de todos.

 

 

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