Selva adentro El azul del mar recortaba la tierra salpicada de espuma. Entramos por la línea de costa a la frondosidad de la Selva Lacandona. El avión descendió sobre un bosque de palmeras. Desde allí caminé hasta una cabaña al centro de operaciones zapatista. Ubicado en el segundo piso estaban las habitaciones de los recién llegados con literas dispuestas a ambos lados de la estancia. La disciplina era férrea en aquel lugar. Yo no quise someterme al reglamento y alegué que mi origen europeo me hacía ver las cosas de un modo diferente. Hablé con una de las comandantes y le mostré las revistas que circulaban entre la disidencia española. Era un magazine de gran formato con ilustraciones y reproducciones de algunos de los carteles de la guerra civil protagonizados por mujeres. Más tarde nos pusimos en camino. La subida al cerro era angosta pero a sus espaldas me parecía lo más liviano del mundo. Un hombre de anchos dorsales me cargaba a sus espaldas. Por su piel morena advertí que era una de los combatientes del frente. El recorrido discurría por senderos que se retorcían con giros inesperados y cada vuelta me parecía ser la misma que la anterior. Yo me preguntaba por el sentido de aquella marcha a lomos de mi caballero. Mientras sostenía el peso de mi cuerpo imaginaba como sería hacer el amor con él. Nunca había tenido un amante tan fuerte. Sus brazos anclaban mis piernas entorno a su cintura, su espalda era el apoyo sobre el que todo mi cuerpo descansaba. A través de su cotón blanco sentía el pálpito incensante de su corazón. Inhalé profundo siguiendo el compás de su marcha y bendiciendo el pecho que oculto a mis ojos se inflamaba con cada respiración. El calor era sofocante pero él parecía dispuesto a lo que fuera con tal de que yo no me agotara y tuviera un viaje agradable. Oscureció y buscamos un posada en el pueblo más cercano. Nos acompañaban una mujer y sus dos hijos. El apuesto indígena no se despegó de mi ni un instante. Aquella noche dormimos en el mismo lecho abrazados con la complicidad de la mujer, que nos advirtió de no hacer ruido para no despertar a los niños. Con el primer rayo del día nos levantamos y proseguimos nuestro camino. Navegación de entradas Tren de medianocheOvillo gigante