Menos lobos La espera se me hizo eterna y me sentí hambrienta. Comí pan con queso y se me abrió todavía más el apetito, no había desayunado casi nada aquella mañana. Mi hermana M. y yo teníamos puestos los cinco sentidos, era el momento de máxima concentración. Me entraron entonces ganas de mear y entré justo al lado, a una tienda que escondía en la parte trasera un estudio de fotografía. El lavabo era de paredes blancas recién pintado e impecable. Me fijé al salir que en una de las salas había un espejo con bisagras a modo de puerta, que imaginé utilizaban para las sesiones fotográficas. Cuando regresé el chino que organizaba la maratón acababa de llegar y me esperaba impaciente para dar el disparo de salida. Y fue entonces cuando recordé como empezó todo. Ocurrió cuando iba a entrar en un monasterio y terminó siendo una trampa. Caminaba detrás de alguien. Llevaba la faldita corta negra que me pongo para estar por casa. Iba sin bragas. En mi mano izquierda sujetaba un trozo de pan que una manada de lobos salvajes no perdían de vista. Entonces se me ocurrió la fatal idea de dar un pedazo a uno de ellos, al que me seguía por el lado izquierdo. El resto de lobos empezaron entonces a pedirme pan y a mordisquearme. Querían comida, cada vez insistían con más vehemencia, clavando sus dientes en mi mano. Empecé a sentir miedo y a caminar con el culo apretado intentando protegerme. * * * * Hacía un tiempo recibí el encargo de tomar unas imágenes de un estudio de fotografía situado en la parte baja del barrio chino. Sobre el local había una antigua sala de fiestas que disponía de unos camerinos destinados a sesiones fotográficas. Allí acudían los showmans y las vedettes de todos los rincones del mundo. Encontré restos de negativos en la máquina filmadora en el mismo lugar donde las estrellas del espectáculo recibían a sus incondicionales para retratarse y firmar autógrafos. La estancia permanecía mugrienta e inalterable en el tiempo. Habían dos espacios diferenciados mediante tarimas y mostradores de madera oscura y estantes en las paredes traseras. Imaginé en el mostrador de la derecha a las estrellas despachando sus asuntos con sus managers, sus fans y sus clientes. En el de la izquierda, que funcionaba también como archivo, se recogían y compraban las fotografías. En uno de los estantes que forraba la pared de la habitación había un objeto extraño, un tapón con un mango de hierro. Al presionar el tapón sobre la foto se estampaba el lugar y la fecha. Era realmente un objeto muy bonito. Luego vi que los estantes superiores estaban repletos de tapones. Era un producción a escala industrial. Poco después encontré a M., vecino de la calle Robadors, que se ofreció a mostrarme todo el local. En realidad un antiguo antro con mucha solera en la época –según me explicó–. Recorrimos varias dependencias hasta llegar a una sala. A uno de los lados había un water pringoso y sin paredes. Para mear había que hacerlo dentro de una bolsa de plástico negra de tamaño industrial. Al abrirla el hedor era insoportable. Cerré la bolsa de inmediato y oriné en un rincón como pude. Tras despedirme de M. salí del edificio, como de un viaje al pasado a las calles más turísticas del Raval. * * * * No acababa de entender que tipo de concurso era. Por lo visto consistía en narrar todo lo que nos había pasado, yo lo hacía a medida que me venían a la memoria las imágenes de la noche, explicando lo que había visto en un orden narrativo que incluyera todas las piezas dentro del relato. Lo cierto es que no había que correr ni competir contra nadie, solo escribir lo que había vivido esa noche, de los lobos, de sus dientes afilados, de mi miedo. * * * * Nos disponíamos a atravesar el interior del monasterio y rodear el claustro. Anochecía, ya habían cerrado y un monje nos advirtió que podíamos pasar por fuera sin cruzar el edificio, pero deberíamos hacerlo con cuidado, pues habían lobos. Avanzamos con sigilo. Yo temía que me olieran, no llevaba bragas. Caminé apretando las nalgas y el sexo para que mi olor corporal no atrajera a las bestias. Justo entonces empezaron a aparecer. En mi mano izquierda sostenía un trozo de pan recién horneado por C. Pude contar hasta cinco lobos rondándome. C. tenía cinco más. Lobos fieros. Cruzamos el espacio hasta llegar a otra puerta. Se me acercaban cada vez más, me husmeaban. Traté desesperadamente de tranquilizarme con todo tipo de pensamientos. Entonces le di una migaja de pan al lobo que tenía más cerca. El animal abrió sus fauces y la apresó entre sus dientes. Por la derecha otro pidió su ración, insistió tercamente apretando su hocico húmedo contra mi pierna desnuda. Le di un trozo de pan. Y también a un tercero que empezó a mordisquearme la mano. Pero ¡horror! se me estaba acabando el pan. Entonces de forma unánime toda la manada empezó a avasallarme. Ya no podía más. El poco pan que quedaba en mi mano lo estaban despedazando. No había suficiente para todos y me acabarían mordiendo –pensé angustiada–. Empecé a chillar impotente porque ya no tenía más comida que ofrecerles. Y me mostraron sus dientes amenazantes. Estaba completamente rodeada, sin bragas me sentía todavía más indefensa. De pronto algo me rozó la espalda, lancé un grito desesperado. Me atacaban por detrás. Desperté agonizante. Era C. que me había rozado con su mano. La Lupa (1953), Alberto Lattuada Navegación de entradas KailashTele-transportación